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"Los hombres que no tienen nada que decir hablan a gritos."
[Enrique Jardiel Poncela - Escritor Español]
Les contaré algo divertido (ya era hora, ¿no?) de mi existencia: algunos de mis amigos, suponiendo que tenga de eso, que esa es otra, me aplican a menudo la consigna de "Cuando él hable, tú déjalo". Así, sin más. ¿Que digo que se está acabando el petróleo? Pues como si no hubiera hablado. ¿Que hablo del enésimo golpe de estado o del enésimo campo de concentración que tienen los EEUU por ahí por el mundo? Pues tres cuartos de lo mismo. Ni debate, ni discusión, ni contrastar puntos de vista, ni tratar de que aprendamos aquí todos un poco de la vida. Ellos saben que así, tarde o temprano me callo, de modo que usan su silencio como el menos malo de los sistemas para poder seguir vegetando tan a gusto, sin tener que pensar.
Así que, ante tal coyuntura, y dadas mis intenciones de tratar de hacer un mundo mejor, fui no hace mucho a una reunión de vecinos de la comunidad. Ahí sí que podría yo ayudar en lo que sea. Más entre gente seria, padres de familia preocupados por su sociedad y tal. O al menos me callaría si procedía y aprendería de la experiencia, que también está bien. A veces la mejor forma de alimentar un debate es guardando silencio, y vaya que necesita proliferar en debates esta nuestra sociedad en la que sólo unos pocos elijen (mayormente subirse el sueldo).
Era una reunión un tanto tumultuosa, porque en la urbanización somos muchos vecinos. No bien el administrador sacó el primer punto del día, pintar el edificio, surgieron las discusiones por el color:
- Pues yo sugiero pintarlo de verde. - dice un vecino.
- Anda, hombre, ¿cómo lo vas a pintar de verde? Qué barbaridad es esa. Para que parezca esto una botella de vino. - le increpa mano en alto otro vecino, sonriéndose ante su ocurrencia. Yo no me sonrío mucho, no, al menos hasta que me imagino de dónde se la ha sacado. - Esto tiene que ir de blanco.
- ¿De blanco, con lo sucio que es? Tú estás loco. - dice un tercer vecino.
- Loco tú, que tienes al perro ese que se pasa el día ladrando. - dice un cuarto vecino de trifulcas.
- Mi perro no ladra. Al menos cuando yo estoy en casa. - responde el tercero levantándose de la silla.
- Bueno, bueno, caballeros, volvamos a la pintura por fa... - trata de decir el administrador.
- ¿Y tu niño, que deja la bicicleta atada en la escalera, a pique de que alguien tropiece y se parta los morros? - dice un quinto. Por lo visto esto es como las peleas de las películas USA esas, en las que dos se enzarzan, y se empieza a pegar todo el bar.
- Señores, señores, yo creo que verde no es un mal color. - logra decir el administrador alzando las manos como el que se rinde en la guerra.
- Claro, como que tu cuñado es el de la fábrica de pinturas. A saber qué comisión te llevas por ese color.
En fin, les ahorraré más detalles. Más que nada porque no sé mucho más, ya que me marché cuando al poco rato la cosa había degenerado hasta el punto en que un grupo de vecinos empezaron a corear "¡BLANCO!¡BLANCO!¡BLANCO!". El abuelete del cuarto piso, que estuvo preso tras la guerra civil y anda medio sordo, me confesó después que creía que estaban coreando "!FRANCO¡!FRANCO¡!FRANCO¡". Así tenía esa cara de susto, el hombre, cuando yo salía por la puerta; él sí que se había quedado blanco.
Decidí que lo mejor sería irme a mi ordenador a seguir escribiendo, con la esperanza de que alguien me leyera lo publicado y pudieran, aunque sólo sea a pequeña escala, iniciarse debates constructivos sobre el mundo que nos rodea.
A día de hoy no conozco otro método. Gracias, internet.
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lunes, 7 de septiembre de 2009
domingo, 6 de septiembre de 2009
Medicandose por Afición
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FalsiMedia, que ya he dicho en alguna ocasión que es el nombre que los internautas de pro (o sea, los más inadaptados sociales de todos) damos a la prensa escrita, radio y televisión, nos corea a menudo que no debemos aconsejarnos medicamentos entre nosotros (esto es, sin médicos ni farmacéuticos por medio), e incluso cita a la automedicación como uno de los grandes problemas de salud en nuestra sociedad. "Ante cualquier duda, acuda a su médico" nos dicen.
Bien, pues algo de razón tienen, que más de una vez me ha dicho el amigo de turno: "Tú te compras Polimorfindurrín 10mg, te tomas media tableta, y se te quita eso, fijo", y luego nada de nada, tiempo perdido.
Pero también eso me ha pasado con el médico hecho y derecho, ¿a quién no? Con la diferencia de que he tenido que pedir hora, esperar días (cuando menos) a la cita, horas en la sala de espera, y aguantar algún que otro trato displicente. Y es que, en España al menos, hemos tenido durante mucho tiempo una situación de intocabilidad del médico tras su escritorio, con su aire distante, cuando no de suficiencia o de sabio en la montaña, infalible en sus postulados y al que es de necios no ya discutirle, sino meramente consultarle el porqué de que nos recomiende tal o cual medicamento, o tal o cual terapia. Que te tomes la pastilla y a tu casa. Y callado, que soy infalible. Si los cardiólogos prohibían el pescado azul en la década de los 70 yo no quiero saber nada de eso.
Y eso no es medicina. Medicina requeriría que el galeno nos siguiera a casa o nos acompañara durante el día (varios días incluso) para analizar nuestros hábitos. Medicina requeriría multitud de preguntas al paciente y hablar largo y tendido con él para determinar el origen de sus males. Medicina requiere, más que una actitud de computador dispensador automático de medicamentos, el conocer en profundidad al paciente; al menos en las facetas que sea necesario conocer. ¿Sueno ridículo? Bien, quizá no sea factible llegar a tanto, pero un médico del barrio, al que podríamos saludar a diario y que nos preguntara por nuestro dolor de espalda al cruzárnoslo no suena tan inalcanzable.
En lugar de ello tenemos a un extraño que atiende a otro extraño al que se quiere quitar de encima cuanto antes, y cuya salud le importa en realidad, y posiblemente, muy poco. Es lo que tiene el mundo moderno individualista y competitivo: el prójimo es un presunto competidor; y eso incluye al paciente.
¿Y qué pueden hacer ellos, probablemente abnegados la mayoría, ante la avalancha de pacientes que el modo de vida desbocado de nuestro sistema socioeconómico ha provocado y que les obliga a disponer de escasos minutos por enfermo? ¿No es fácil, entonces, que cedan al trato frío (eufemismo para no decir que a veces lo tratan a uno como a un ternero)?
Parece que la recomendación del amigo, quien sabrá poco de medicina, pero al menos se interesa por nuestra salud y conoce algo de los factores que rodean nuestra vida, no ha de ser siempre por fuerza algo tan absurdo.
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FalsiMedia, que ya he dicho en alguna ocasión que es el nombre que los internautas de pro (o sea, los más inadaptados sociales de todos) damos a la prensa escrita, radio y televisión, nos corea a menudo que no debemos aconsejarnos medicamentos entre nosotros (esto es, sin médicos ni farmacéuticos por medio), e incluso cita a la automedicación como uno de los grandes problemas de salud en nuestra sociedad. "Ante cualquier duda, acuda a su médico" nos dicen.
Bien, pues algo de razón tienen, que más de una vez me ha dicho el amigo de turno: "Tú te compras Polimorfindurrín 10mg, te tomas media tableta, y se te quita eso, fijo", y luego nada de nada, tiempo perdido.
Pero también eso me ha pasado con el médico hecho y derecho, ¿a quién no? Con la diferencia de que he tenido que pedir hora, esperar días (cuando menos) a la cita, horas en la sala de espera, y aguantar algún que otro trato displicente. Y es que, en España al menos, hemos tenido durante mucho tiempo una situación de intocabilidad del médico tras su escritorio, con su aire distante, cuando no de suficiencia o de sabio en la montaña, infalible en sus postulados y al que es de necios no ya discutirle, sino meramente consultarle el porqué de que nos recomiende tal o cual medicamento, o tal o cual terapia. Que te tomes la pastilla y a tu casa. Y callado, que soy infalible. Si los cardiólogos prohibían el pescado azul en la década de los 70 yo no quiero saber nada de eso.
Y eso no es medicina. Medicina requeriría que el galeno nos siguiera a casa o nos acompañara durante el día (varios días incluso) para analizar nuestros hábitos. Medicina requeriría multitud de preguntas al paciente y hablar largo y tendido con él para determinar el origen de sus males. Medicina requiere, más que una actitud de computador dispensador automático de medicamentos, el conocer en profundidad al paciente; al menos en las facetas que sea necesario conocer. ¿Sueno ridículo? Bien, quizá no sea factible llegar a tanto, pero un médico del barrio, al que podríamos saludar a diario y que nos preguntara por nuestro dolor de espalda al cruzárnoslo no suena tan inalcanzable.
En lugar de ello tenemos a un extraño que atiende a otro extraño al que se quiere quitar de encima cuanto antes, y cuya salud le importa en realidad, y posiblemente, muy poco. Es lo que tiene el mundo moderno individualista y competitivo: el prójimo es un presunto competidor; y eso incluye al paciente.
¿Y qué pueden hacer ellos, probablemente abnegados la mayoría, ante la avalancha de pacientes que el modo de vida desbocado de nuestro sistema socioeconómico ha provocado y que les obliga a disponer de escasos minutos por enfermo? ¿No es fácil, entonces, que cedan al trato frío (eufemismo para no decir que a veces lo tratan a uno como a un ternero)?
Parece que la recomendación del amigo, quien sabrá poco de medicina, pero al menos se interesa por nuestra salud y conoce algo de los factores que rodean nuestra vida, no ha de ser siempre por fuerza algo tan absurdo.
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sábado, 5 de septiembre de 2009
Respeto por el Cliente
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El otro día, tras sacar yo el teléfono móvil del bolsillo para responder una llamada, me dice mi buen amigo Gumersindo Amador:
- A ver si lo cambias, el móvil.
- ¿Que lo cambie? ¿Que lo cambie por qué? ¿Por una palangana? Si yo necesito el móvil. - le respondo yo extrañado.
- No, hombre, no. - se ríe él de mi ingenuidad, cosa harto fácil en mi presencia - Que lo cambies por otro.
- ¿Que lo cambie por otro? ¿Y para qué? A ver si va a ser esto como lo del despido libre ese que quieren los empresarios, aduciendo que así podrán contratar a otros trabajadores, ¿qué se pretenderá cambiando a un trabajador por otro? Para eso me quedo con el que tengo.
- Que lo cambies por otro más nuevo, que no te enteras de nada. - zanja él la cuestión.
- Ah, ya, ya entiendo... - le digo yo.
En realidad es una forma de hablar. No acabo de entender las razones del cambio, si el que tengo me funciona bien. Gumersindo se me queda mirando, porque me conoce, y sabe que estoy a punto de seguir preguntando.
- Bueno, no, está bien, no lo entiendo ¿para qué quiero cambiarlo por uno nuevo? ¿Es que con los nuevos llamar es gratis? - le inquiero.
- No. Pero ese que llevas tiene más años que la tarara. - dice él.
No estoy muy seguro de cuántos años tendrá la tarara esa, de hecho ni siquiera sé muy bien quién es, pero dudo que mi móvil tenga más años que esa señora (o ente, o lo que sea). Más que nada porque ni siquiera creo que pueda decirse que mi móvil tenga «años».
El suceso me recuerda una vez que leí un artículo sobre la evolución de la televisión. Al parecer, ponía, los primeros televisores en color no salieron al mercado durante mucho tiempo porque los fabricantes consideraban un insulto al cliente que se había comprado un televisor en blanco y negro el pedirle que se comprara ahora otro en color. Incluso quien, contrariamente a los cantos de sirena que vendían con su propaganda, no se lo había comprado, ¿resultaría ahora que había hecho lo correcto, pues su espera le permitiría comprarse uno en color? Eran otros tiempos, desde luego.
Ahora, cuando tuve una colección de películas en formato Betamax para el videoreproductor del salón, me vi obligado a comprarme uno VHS por la obsolescencia del formato; y a rehacer otra colección, claro. Pero es que luego llegó el formato DVD, y otra vez a coleccionar. Y del más reciente Bluray ese mejor ni hablar.
Bueno, pues hete aquí que me entero de que, según se cuenta por los mentideros de internet, los 20 millones de aparatos de TDT (Televisión Digital Terrestre) esos que se ha comprado la gente en España para poder ver... lo mismo que ya veían, esto es, la televisión, resulta que no serán compatibles con no sé qué TDT Premium nuevo. Y eso que la mayoría de gente que conozco que se lo compró lo hizo hace uno o dos años, como mucho.
¿Seremos lo bastante tontos para comprarnos otros 20 millones de aparatos de TDT?
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El otro día, tras sacar yo el teléfono móvil del bolsillo para responder una llamada, me dice mi buen amigo Gumersindo Amador:
- A ver si lo cambias, el móvil.
- ¿Que lo cambie? ¿Que lo cambie por qué? ¿Por una palangana? Si yo necesito el móvil. - le respondo yo extrañado.
- No, hombre, no. - se ríe él de mi ingenuidad, cosa harto fácil en mi presencia - Que lo cambies por otro.
- ¿Que lo cambie por otro? ¿Y para qué? A ver si va a ser esto como lo del despido libre ese que quieren los empresarios, aduciendo que así podrán contratar a otros trabajadores, ¿qué se pretenderá cambiando a un trabajador por otro? Para eso me quedo con el que tengo.
- Que lo cambies por otro más nuevo, que no te enteras de nada. - zanja él la cuestión.
- Ah, ya, ya entiendo... - le digo yo.
En realidad es una forma de hablar. No acabo de entender las razones del cambio, si el que tengo me funciona bien. Gumersindo se me queda mirando, porque me conoce, y sabe que estoy a punto de seguir preguntando.
- Bueno, no, está bien, no lo entiendo ¿para qué quiero cambiarlo por uno nuevo? ¿Es que con los nuevos llamar es gratis? - le inquiero.
- No. Pero ese que llevas tiene más años que la tarara. - dice él.
No estoy muy seguro de cuántos años tendrá la tarara esa, de hecho ni siquiera sé muy bien quién es, pero dudo que mi móvil tenga más años que esa señora (o ente, o lo que sea). Más que nada porque ni siquiera creo que pueda decirse que mi móvil tenga «años».
El suceso me recuerda una vez que leí un artículo sobre la evolución de la televisión. Al parecer, ponía, los primeros televisores en color no salieron al mercado durante mucho tiempo porque los fabricantes consideraban un insulto al cliente que se había comprado un televisor en blanco y negro el pedirle que se comprara ahora otro en color. Incluso quien, contrariamente a los cantos de sirena que vendían con su propaganda, no se lo había comprado, ¿resultaría ahora que había hecho lo correcto, pues su espera le permitiría comprarse uno en color? Eran otros tiempos, desde luego.
Ahora, cuando tuve una colección de películas en formato Betamax para el videoreproductor del salón, me vi obligado a comprarme uno VHS por la obsolescencia del formato; y a rehacer otra colección, claro. Pero es que luego llegó el formato DVD, y otra vez a coleccionar. Y del más reciente Bluray ese mejor ni hablar.
Bueno, pues hete aquí que me entero de que, según se cuenta por los mentideros de internet, los 20 millones de aparatos de TDT (Televisión Digital Terrestre) esos que se ha comprado la gente en España para poder ver... lo mismo que ya veían, esto es, la televisión, resulta que no serán compatibles con no sé qué TDT Premium nuevo. Y eso que la mayoría de gente que conozco que se lo compró lo hizo hace uno o dos años, como mucho.
¿Seremos lo bastante tontos para comprarnos otros 20 millones de aparatos de TDT?
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viernes, 4 de septiembre de 2009
Puesta de Sol
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"La felicidad aquí abajo y la bendición de la Liberación, tanto sobre la tierra como en el más allá, pueden ser alcanzadas haciendo de cada acto humano y de cada función un acto de adoración."
[Swami Sivananda]
"La felicidad es el estado natural del hombre. Cuando no eres feliz hay una razón para ello. Cuando eres feliz no la hay."
[Maestro Indio Osho - Místico Espiritual Hindú]
"La contemplación es la clave de la meditación. Contempla tu mente. No hagas nada: ni repetir un mantra, ni repetir el nombre de Dios. Sólo observa lo que la mente hace. No la perturbes, no la obstaculices, no la reprimas; no emprendas nada por tu parte. Limítate a ser un observador."
[La Meditación: Hacia el Centro de tu Ser - Maestro Indio Osho]
"Si usted quiere, señorita, podemos irnos a mirar al mar como dos gilipollas."
[Makinavaja: El Último Choriso - Ivá]
Hoy he podido contemplar una puesta de sol. Así, como en las películas.
Me he ido a un sitio alto de la costa y he visto un ocaso de esos con todos los colores que creo yo, así a bote pronto, que existen: el azul del mar, el verde de la vegetación, el amarillo pasando a naranja y rojo del gradiente solar tras la montaña, el negro de la noche en el cielo, y hasta algo de blanco quedaba por las nubes donde se ponía el sol. Vamos, creo yo que no faltaba ninguno, que lo mismo sí.
Y, aunque por el camino, antes de llegar, me han entrado ganas de tomarme una hamburguesa con sabor a plástico (malditos anuncios de carretera, te llegan a traición), cómo sería la posterior experiencia, que luego, sentado mirando despedirse al día, se me han quitado las ganas hasta de tener un coche nuevo, mire usted qué cosas.
Y diría que me ha servido para entender porqué afirmaba el Maestro Indio Osho, uno de los más grandes místicos del siglo XX, que la contemplación es el camino a la felicidad total y exaltadora. Él creo que lo decía también para la contemplación al interior de uno mismo, pero bueno, por algo se empieza.
Lo único que me ha dejado con mi algo de intranquilidad de la experiencia es que creo haber obtenido un beneficio sin pagar nada a cambio.
Lo mismo he vulnerado alguna ley, vaya uno a saber.
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"La felicidad aquí abajo y la bendición de la Liberación, tanto sobre la tierra como en el más allá, pueden ser alcanzadas haciendo de cada acto humano y de cada función un acto de adoración."
[Swami Sivananda]
"La felicidad es el estado natural del hombre. Cuando no eres feliz hay una razón para ello. Cuando eres feliz no la hay."
[Maestro Indio Osho - Místico Espiritual Hindú]
"La contemplación es la clave de la meditación. Contempla tu mente. No hagas nada: ni repetir un mantra, ni repetir el nombre de Dios. Sólo observa lo que la mente hace. No la perturbes, no la obstaculices, no la reprimas; no emprendas nada por tu parte. Limítate a ser un observador."
[La Meditación: Hacia el Centro de tu Ser - Maestro Indio Osho]
"Si usted quiere, señorita, podemos irnos a mirar al mar como dos gilipollas."
[Makinavaja: El Último Choriso - Ivá]
Hoy he podido contemplar una puesta de sol. Así, como en las películas.
Me he ido a un sitio alto de la costa y he visto un ocaso de esos con todos los colores que creo yo, así a bote pronto, que existen: el azul del mar, el verde de la vegetación, el amarillo pasando a naranja y rojo del gradiente solar tras la montaña, el negro de la noche en el cielo, y hasta algo de blanco quedaba por las nubes donde se ponía el sol. Vamos, creo yo que no faltaba ninguno, que lo mismo sí.
Y, aunque por el camino, antes de llegar, me han entrado ganas de tomarme una hamburguesa con sabor a plástico (malditos anuncios de carretera, te llegan a traición), cómo sería la posterior experiencia, que luego, sentado mirando despedirse al día, se me han quitado las ganas hasta de tener un coche nuevo, mire usted qué cosas.
Y diría que me ha servido para entender porqué afirmaba el Maestro Indio Osho, uno de los más grandes místicos del siglo XX, que la contemplación es el camino a la felicidad total y exaltadora. Él creo que lo decía también para la contemplación al interior de uno mismo, pero bueno, por algo se empieza.
Lo único que me ha dejado con mi algo de intranquilidad de la experiencia es que creo haber obtenido un beneficio sin pagar nada a cambio.
Lo mismo he vulnerado alguna ley, vaya uno a saber.
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jueves, 3 de septiembre de 2009
Y Dale con la Gripe Falsaria
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Chiflados. Nos hemos vuelto chiflados. O idiotas. O, más concisamente, borregos, que para el caso es lo mismo.
Da igual que desde el principio nos digan que la gripe A esa es una gripe normal (la gripe tiene muchas cepas), que no es más virulenta ni más peligrosa. Que si se muere uno no es por ella, sino más bien porque agrave otra patología. Tampoco importa que sepamos que de la gripe no se muere alguien así como así. Y, desde luego, tampoco se puede decir que los tropecientos médicos avisando de la trola hayan logrado mucho, no. De la prensa alternativa ya ni les cuento, que eso lo leen cuatro inadaptados sociales. Dan igual los esfuerzos de muchos por divulgar (vía internet, claro, ¿o se creen que los grandes medios están a nuestro alcance?) que aquí lo que querían los trileros de las grandes farmaceúticas era vendernos choporrocientosmil millones de vacunas. Nada de eso ha servido.
Los grandes medios de prensa han logrado montar sus escenitas y meternos el miedo en el cuerpo hasta el punto de que ya me están diciendo las mujeres que no se las debe saludar con un beso, que se les contagia la gripe esa.
Qué ganitas que tengo de encontrar dónde se para el mundo, para bajarme.
Incluso veremos a ver si todavía no me bajo en marcha.
MÁS INFORMACIÓN (total, ¿para qué?, se pregunta uno):
- La Gripe (I)
- La Gripe (II)
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Chiflados. Nos hemos vuelto chiflados. O idiotas. O, más concisamente, borregos, que para el caso es lo mismo.
Da igual que desde el principio nos digan que la gripe A esa es una gripe normal (la gripe tiene muchas cepas), que no es más virulenta ni más peligrosa. Que si se muere uno no es por ella, sino más bien porque agrave otra patología. Tampoco importa que sepamos que de la gripe no se muere alguien así como así. Y, desde luego, tampoco se puede decir que los tropecientos médicos avisando de la trola hayan logrado mucho, no. De la prensa alternativa ya ni les cuento, que eso lo leen cuatro inadaptados sociales. Dan igual los esfuerzos de muchos por divulgar (vía internet, claro, ¿o se creen que los grandes medios están a nuestro alcance?) que aquí lo que querían los trileros de las grandes farmaceúticas era vendernos choporrocientosmil millones de vacunas. Nada de eso ha servido.
Los grandes medios de prensa han logrado montar sus escenitas y meternos el miedo en el cuerpo hasta el punto de que ya me están diciendo las mujeres que no se las debe saludar con un beso, que se les contagia la gripe esa.
Qué ganitas que tengo de encontrar dónde se para el mundo, para bajarme.
Incluso veremos a ver si todavía no me bajo en marcha.
MÁS INFORMACIÓN (total, ¿para qué?, se pregunta uno):
- La Gripe (I)
- La Gripe (II)
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lunes, 31 de agosto de 2009
Los Perros y Yo
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A los perros no les gusto. O algo así. Lo digo porque a menudo me ladran cuando paso cerca. Debe ser por ir solo, cosa que hago a menudo. Y es que existe, en efecto, un instinto animal (y que, por lo tanto, el hombre también tiene) de rechazo al que va solo, al expatriado, exiliado, que sabe Dios porqué este va por ahí sin compañía con lo peligroso que es eso, seguramente lo han rechazado y no lo quieren ni los suyos, o igual tiene alguna enfermedad contagiosa. Mejor que no se arrime, mostrémonos belicosos, GUAU, GUAU, GUAU. Muchos seres humanos también usan ese instinto como única guía para su toma de decisiones.
Ya los árabes decían hace muchos siglos "No hay peor hombre que el come solo y no tiene amigos", y que conste que no cito a los árabes como ejemplo de lo del instinto animal; de hecho eran la civilización más avanzada cuando generaron esta filosofía. Más cercanos estábamos, quizá, por entonces a los animales los que, como pasaba por estos lares, creíamos que los baños debilitaban.
Pero a mí, qué quieren que les diga, no me gusta nada. Me parece falto de educación.
Le comento de ello, por saber qué piensa del tema el poco reflexivo sujeto de a pie, a mi buen amigo Gumersindo Amador.
- Y me parece fatal, Gumersindo. ¿Por qué te tiene que ladrar un perro? Me resulta tan molesto como si, al pasar yo cerca, me increpara con gritos, insultos o amenazas una persona. Como se me acerque, veremos a ver si no se lleva alguno una patada.
- Pero ¿qué tontería estás diciendo? ¿Cómo quieres que un perro se comporte con la educación de una persona? Si te ladra un perro, te aguantas. Vaya salidas de bombero que tienes. ¿Cuándo has visto tú a alguien que piense así? - me dice él, pretendiendo quizá que le aplique al perro lo del «No ofende quien quiere, sino quien puede».
Gumersindo, gracias a su actitud borreguil, es una gran ayuda para entender el sentir generalizado. En efecto, creo que la gente ha aceptado durante muchos años esa situación, al menos en España, porque lo hacían los demás y nadie se quejaba. El perrazo te tumbaba en el suelo, y el dueño te decía: «Si sólo quiere jugar».
Ciertamente, no se puede esperar de un perro educación cívica. Pero sí de su dueño, que es quien tiene que educarlo. Digo esto porque, a menudo, el propietario del can que le ordena callarse cuando te ladra al pasar, lo hace de una manera más bien tibia. Si de verdad quisiera que su perro adquiriera educación para no ladrar a los demás podría lograrlo, por ejemplo, teniendo más firmeza con él, ya que los perros son, en realidad, magníficos aprendedores. Pero el hecho de que mucha gente lleva a su perro con él para sentirse más segura me sugiere que prefieren no hacerlo, no vaya el animal a reprimirse demasiado, y ya no se muestre agresivo ni ruidoso con quien sí se tiene que mostrar, esto es, con algún posible delincuente o amenaza callejera. Como está mal visto hacerlo directamente, usan su perro como forma de avisarnos a los demás: «Si me resultas un problema, te arrepentirás».
A costa de molestias (cuando no directamente riesgos) para los demás, el dueño del perro obtiene un beneficio. Y también me parece fatal. Y todo esto sin entrar en el tema del peligro de que el animal te muerda.
Por ello me alegro de que la legislación obligue a los dueños, desde hace años, a llevar a sus perros con correa. Lamento mucho la pérdida de libertad para el pobre animal; créanme, sé lo que es estar muchas horas al día entre cuatro paredes y necesitar hozar al aire (llamémoslo aire aunque esté en la ciudad) libre (llamésmoslo libre aunque esto también se las trae), pero un perro, aún con toda su enorme inteligencia, se deja llevar demasiado a menudo por el instinto, más que por la razón (que también tiene, y mucha) o las deducciones.
En todo caso, si los dueños no hubieran usado durante tanto tiempo a sus animales para pisar las libertades de los demás, quizá no hubiéramos llegado a esto.
Pero claro, quizá si el mundo hubiera sido un lugar más seguro, no los habrían tenido que usar para eso de su defensa a ultranza.
O, ya puestos, si el individualismo y la competitividad no estuvieran tan inoculados (grabados ya a fuego, más bien) en nosotros las personas, los propietarios de perros hubieran buscado otras soluciones no invasivas y más respetuosas para el prójimo.
¿Ven con qué facilidad me enredo en mis razonamientos? Me ladra un perro y ya voy camino de culpar a las multinacionales.
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A los perros no les gusto. O algo así. Lo digo porque a menudo me ladran cuando paso cerca. Debe ser por ir solo, cosa que hago a menudo. Y es que existe, en efecto, un instinto animal (y que, por lo tanto, el hombre también tiene) de rechazo al que va solo, al expatriado, exiliado, que sabe Dios porqué este va por ahí sin compañía con lo peligroso que es eso, seguramente lo han rechazado y no lo quieren ni los suyos, o igual tiene alguna enfermedad contagiosa. Mejor que no se arrime, mostrémonos belicosos, GUAU, GUAU, GUAU. Muchos seres humanos también usan ese instinto como única guía para su toma de decisiones.
Ya los árabes decían hace muchos siglos "No hay peor hombre que el come solo y no tiene amigos", y que conste que no cito a los árabes como ejemplo de lo del instinto animal; de hecho eran la civilización más avanzada cuando generaron esta filosofía. Más cercanos estábamos, quizá, por entonces a los animales los que, como pasaba por estos lares, creíamos que los baños debilitaban.
Pero a mí, qué quieren que les diga, no me gusta nada. Me parece falto de educación.
Le comento de ello, por saber qué piensa del tema el poco reflexivo sujeto de a pie, a mi buen amigo Gumersindo Amador.
- Y me parece fatal, Gumersindo. ¿Por qué te tiene que ladrar un perro? Me resulta tan molesto como si, al pasar yo cerca, me increpara con gritos, insultos o amenazas una persona. Como se me acerque, veremos a ver si no se lleva alguno una patada.
- Pero ¿qué tontería estás diciendo? ¿Cómo quieres que un perro se comporte con la educación de una persona? Si te ladra un perro, te aguantas. Vaya salidas de bombero que tienes. ¿Cuándo has visto tú a alguien que piense así? - me dice él, pretendiendo quizá que le aplique al perro lo del «No ofende quien quiere, sino quien puede».
Gumersindo, gracias a su actitud borreguil, es una gran ayuda para entender el sentir generalizado. En efecto, creo que la gente ha aceptado durante muchos años esa situación, al menos en España, porque lo hacían los demás y nadie se quejaba. El perrazo te tumbaba en el suelo, y el dueño te decía: «Si sólo quiere jugar».
Ciertamente, no se puede esperar de un perro educación cívica. Pero sí de su dueño, que es quien tiene que educarlo. Digo esto porque, a menudo, el propietario del can que le ordena callarse cuando te ladra al pasar, lo hace de una manera más bien tibia. Si de verdad quisiera que su perro adquiriera educación para no ladrar a los demás podría lograrlo, por ejemplo, teniendo más firmeza con él, ya que los perros son, en realidad, magníficos aprendedores. Pero el hecho de que mucha gente lleva a su perro con él para sentirse más segura me sugiere que prefieren no hacerlo, no vaya el animal a reprimirse demasiado, y ya no se muestre agresivo ni ruidoso con quien sí se tiene que mostrar, esto es, con algún posible delincuente o amenaza callejera. Como está mal visto hacerlo directamente, usan su perro como forma de avisarnos a los demás: «Si me resultas un problema, te arrepentirás».
A costa de molestias (cuando no directamente riesgos) para los demás, el dueño del perro obtiene un beneficio. Y también me parece fatal. Y todo esto sin entrar en el tema del peligro de que el animal te muerda.
Por ello me alegro de que la legislación obligue a los dueños, desde hace años, a llevar a sus perros con correa. Lamento mucho la pérdida de libertad para el pobre animal; créanme, sé lo que es estar muchas horas al día entre cuatro paredes y necesitar hozar al aire (llamémoslo aire aunque esté en la ciudad) libre (llamésmoslo libre aunque esto también se las trae), pero un perro, aún con toda su enorme inteligencia, se deja llevar demasiado a menudo por el instinto, más que por la razón (que también tiene, y mucha) o las deducciones.
En todo caso, si los dueños no hubieran usado durante tanto tiempo a sus animales para pisar las libertades de los demás, quizá no hubiéramos llegado a esto.
Pero claro, quizá si el mundo hubiera sido un lugar más seguro, no los habrían tenido que usar para eso de su defensa a ultranza.
O, ya puestos, si el individualismo y la competitividad no estuvieran tan inoculados (grabados ya a fuego, más bien) en nosotros las personas, los propietarios de perros hubieran buscado otras soluciones no invasivas y más respetuosas para el prójimo.
¿Ven con qué facilidad me enredo en mis razonamientos? Me ladra un perro y ya voy camino de culpar a las multinacionales.
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sábado, 29 de agosto de 2009
Reflexiones de un Inadaptado Social - Íberos al Debate
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Hay por la zona Sur de España, donde moro por ahora, una actitud cerril para los debates que siempre me ha llamado la atención, y sobre la que quisiera hablarles. Aunque sólo sea para que pudieran decirme que se trata exclusivamente de una peculiaridad de las gentes de aquí, y que por su zona no pasa. Trataré de enunciarla con la siguiente conversación entre mi buen amigo Gumersindo Amador y yo:
- Ya te digo, Gumersindo, los israelíes son basura. Unos canallas. Atacan a pueblos virtualmente indefensos para robarles sus tierras. - le digo yo.
- Ya será menos. Que al fin y al cabo una guerra es una guerra, y siempre hay inocentes afectados. - me responde él.
- Nada de eso. Estamos hablando de un invasor que marca con tatuajes a la población, mantiene bajo acoso de bombas ahulladoras las zonas civiles de madrugada, las bombardea brevemente por la noche y a los 20 minutos, cuando la población civil ya está huyendo de la ciudad, continúa por sorpresa el bombardeo de las carreteras por las que huyen.
- Hombre, pues claro que bombardean por sorpresa. Si te parece, la van a anunciar en su página web, la hora del bombardeo. - dice muy divertido. Acto seguido junta las manos en la boca para simular una bocina - «TUTUTUUUU... Se hace sabeeeeer... que vamos a bombardear a las 15:30.... DINDON DÍNNNN» - tras su imitación artística (bastante mala, por cierto, nunca se le ha dado bien hacer el efecto del eco) prorrumpe en ostentóreas carcajadas evidenciadoras de la claridad con la que me ha ganado el debate.
Nótese el detalle de que teníamos diferentes subtemas que tratar: el hecho de tener un ejército que es invasor (para quien no lo sepa, los Derechos Humanos consideran la Guerra de Agresión el Supremo Crimen Internacional, esto es, que no hay ninguno por encima de él), los tatuajes a los detenidos/secuestrados como en tiempos de Hitler, el canallesco acoso sicológico de los misiles ahulladores, o los meros bombardeos a civiles. Gumersindo, sin embargo, elige y le basta hablar del hecho de que estos ataques no son bajo aviso (otros, como el bombardeo de Faluya por el ejército EEUU en Irak, sí lo fueron), porque es el que puede ganar.
Me recordó el argumento de Donald Rumsfeld (o no sé si fue Richard Cheney, pero tanto monta) cuando le enumeraron la retahíla de torturas que hacen los EEUU a los prisioneros del campo de concentración de Guantánamo, y entre múltiples barbaridades que prefiero no describir, estaba la de tenerlos horas en posturas incómodas, como en cuclillas o de pie, que también cansa lo suyo. Él respondió: "Me paso once horas al día de pie, y se quejan porque a los detenidos (sic) los hacemos estar de pie muchas horas".
La idea de fondo que yo veo aquí se centra en que, en los debates, mucha gente tiene bastante con discutirte uno de tus argumentos. Incluso da por sentado que ha ganado radicalmente el debate. No se paran a meditar sobre los otros: el que te han rebatido les basta para tener claro que han vencido. Todo ello, claro, sin entrar en el hecho de que ganar o perder no debiera, por sí misma, ser una cuestión de importancia en un debate.
Esto es tan sólo una mera reflexión sobre un aspecto de nuestras actitudes al debatir. Pero me hace dudar de quien dice que hablando se entiende la gente.
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Hay por la zona Sur de España, donde moro por ahora, una actitud cerril para los debates que siempre me ha llamado la atención, y sobre la que quisiera hablarles. Aunque sólo sea para que pudieran decirme que se trata exclusivamente de una peculiaridad de las gentes de aquí, y que por su zona no pasa. Trataré de enunciarla con la siguiente conversación entre mi buen amigo Gumersindo Amador y yo:
- Ya te digo, Gumersindo, los israelíes son basura. Unos canallas. Atacan a pueblos virtualmente indefensos para robarles sus tierras. - le digo yo.
- Ya será menos. Que al fin y al cabo una guerra es una guerra, y siempre hay inocentes afectados. - me responde él.
- Nada de eso. Estamos hablando de un invasor que marca con tatuajes a la población, mantiene bajo acoso de bombas ahulladoras las zonas civiles de madrugada, las bombardea brevemente por la noche y a los 20 minutos, cuando la población civil ya está huyendo de la ciudad, continúa por sorpresa el bombardeo de las carreteras por las que huyen.
- Hombre, pues claro que bombardean por sorpresa. Si te parece, la van a anunciar en su página web, la hora del bombardeo. - dice muy divertido. Acto seguido junta las manos en la boca para simular una bocina - «TUTUTUUUU... Se hace sabeeeeer... que vamos a bombardear a las 15:30.... DINDON DÍNNNN» - tras su imitación artística (bastante mala, por cierto, nunca se le ha dado bien hacer el efecto del eco) prorrumpe en ostentóreas carcajadas evidenciadoras de la claridad con la que me ha ganado el debate.
Nótese el detalle de que teníamos diferentes subtemas que tratar: el hecho de tener un ejército que es invasor (para quien no lo sepa, los Derechos Humanos consideran la Guerra de Agresión el Supremo Crimen Internacional, esto es, que no hay ninguno por encima de él), los tatuajes a los detenidos/secuestrados como en tiempos de Hitler, el canallesco acoso sicológico de los misiles ahulladores, o los meros bombardeos a civiles. Gumersindo, sin embargo, elige y le basta hablar del hecho de que estos ataques no son bajo aviso (otros, como el bombardeo de Faluya por el ejército EEUU en Irak, sí lo fueron), porque es el que puede ganar.
Me recordó el argumento de Donald Rumsfeld (o no sé si fue Richard Cheney, pero tanto monta) cuando le enumeraron la retahíla de torturas que hacen los EEUU a los prisioneros del campo de concentración de Guantánamo, y entre múltiples barbaridades que prefiero no describir, estaba la de tenerlos horas en posturas incómodas, como en cuclillas o de pie, que también cansa lo suyo. Él respondió: "Me paso once horas al día de pie, y se quejan porque a los detenidos (sic) los hacemos estar de pie muchas horas".
La idea de fondo que yo veo aquí se centra en que, en los debates, mucha gente tiene bastante con discutirte uno de tus argumentos. Incluso da por sentado que ha ganado radicalmente el debate. No se paran a meditar sobre los otros: el que te han rebatido les basta para tener claro que han vencido. Todo ello, claro, sin entrar en el hecho de que ganar o perder no debiera, por sí misma, ser una cuestión de importancia en un debate.
Esto es tan sólo una mera reflexión sobre un aspecto de nuestras actitudes al debatir. Pero me hace dudar de quien dice que hablando se entiende la gente.
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